Una de las características de la nueva
sociedad que se va configurando a partir de la presencia de las TIC es el papel
central del conocimiento. Raffaele Simone (2001), al hablar de las formas de
creación del conocimiento, presenta tres periodos o hitos culturales: la
escritura, la imprenta y la comunicación electrónica.
Los cambios sociales y culturales en la
sociedad actual, en muchos casos estrechamente vinculados a la presencia de las
nuevas tecnologías de la información, tienen como consecuencia un impacto
significativo no sólo en la producción de bienes y servicios, sino en el
conjunto de las interrelaciones sociales.
Para el profesor Tedesco (2000), la
evolución de las tecnologías responde a los requerimientos de las relaciones
sociales. Esta hipótesis se contrapone a la versión extrema de la visión
tecnocrática que, por el contrario, sostiene que son las tecnologías las que
provocan los cambios en las relaciones sociales.
La
universidad y su necesidad de cambio
El impacto de las tecnologías no ha
supuesto para la universidad tradicional una revolución; no han desaparecido
sus estructuras habituales, pero sí que se han producido cambios
significativos, basados en los análisis de nuevas exigencias sociales y
demandas formativas; cambios apoyados por las tecnologías, además de manera
constante en los últimos años.
Un enfoque excesivamente elemental al
tratar la relación entre las nuevas tecnologías y la educación consiste en
reducirla exclusivamente a sus aspectos instrumentales, es decir, considerar a
aquellas tan sólo un medio más en el bagaje de recursos del docente.
Tünnermann hace referencia a sus
estructuras académicas como «demasiado rígidas, poco diversificadas, y carentes
de adecuados canales de comunicación entre sus distintas modalidades y con el
mundo de la producción y del trabajo. Las tecnologías se están convirtiendo en
agentes de transformación no solamente de evolución (Pittinsky, 2006: 7) tanto
en la educación académica como en la profesional.
Las competencias como referencia formativa
Nuevos modos de entender los procesos de
enseñanza y aprendizaje ha tomado forma a través de diferentes proyectos
auspiciados por la UNESCO y la OCDE. Uno de ellos, el denominado DeSeCo
(Definición y Selección de Competencias), a partir de estos informes, la
mayoría de los países de la OCDE, entre ellos España, comenzaron a reformular
el currículo escolar en torno al «controvertido, complejo y poderoso concepto
de competencias» (Pérez Gómez, 2007).
Las competencias como referencia formativa
se formulan en el ámbito de la formación profesional o laboral, en estrecha
relación con los procesos de capacitación en las empresas y con la formación
tecnológica en las instituciones educativas. Desde esta visión holística e
integral se plantea que la formación promovida por la institución educativa (en
este caso, la universidad) no sólo debe diseñarse en función de la
incorporación del sujeto a la vida productiva a través del empleo, sino más
bien «partir de una formación que, además de promover el desarrollo de ciertos
atributos (habilidades, conocimientos, actitudes, aptitudes y valores),
considere la necesidad de intervenir dentro del contexto (y la cultura del
lugar de trabajo) en el cual tiene lugar la actividad profesional.
De acuerdo con el proyecto DeSeCo, una
competencia es «la capacidad para responder a las exigencias individuales o
sociales para realizar una actividad o una tarea […] Cada competencia reposa
sobre una combinación de habilidades prácticas y cognitivas interrelacionadas,
conocimientos (incluyendo el conocimiento tácito), motivación, valores,
actitudes, emociones y otros elementos sociales y de comportamiento que pueden
ser movilizados conjuntamente para actuar de manera eficaz» (2004: 8).
Dimensiones más relevantes para
desarrollar en términos de competencias eran: la socialización, la autonomía
personal y la capacidad para interactuar con la tecnología.
La sociedad de la información y del
conocimiento plantea a la educación demandas distintas de las tradicionales,
claramente relacionadas con el desarrollo en todos los ciudadanos de la
capacidad de aprender a lo largo de toda la vida. Dicho de otro modo, el
problema no es ya la cantidad de información que los niños y jóvenes reciben,
sino su calidad: la capacidad para entenderla, procesarla, seleccionarla,
organizarla y transformarla en conocimiento; así como la capacidad de aplicarla
a las diferentes situaciones y contextos en virtud de los valores e intenciones
de los propios proyectos personales o sociales.
En consecuencia, las instituciones de
enseñanza superior están siendo requeridas para dar respuesta a demandas de
formación más flexibles y adaptadas, y a la necesidad de incorporar nuevos
sistemas pedagógicos, que en buena medida deben vincularse al uso de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación. Alternativas como la enseñanza
bimodal, que consiste en combinar el trabajo presencial con la enseñanza a
distancia, permiten minimizar las limitaciones de espacio y tiempo que exige la
enseñanza convencional. Se trata de flexibilizar los procesos de aprendizaje
aprovechando al máximo los recursos de las tecnologías digitales como internet.
La competencia informacional debe
favorecer la adquisición por parte de los estudiantes de las siguientes habilidades:
buscar la información necesaria; analizar y seleccionar la información de
manera eficiente; organizar la información adecuadamente; utilizar y comunicar
la información eficazmente de forma ética y legal, con la finalidad de
construir conocimiento. La competencia informática es el conjunto de
conocimientos, habilidades, disposiciones y conductas que capacitan a los
individuos para saber cómo funcionan las TIC, para qué sirven y cómo se pueden
utilizar para conseguir objetivos específicos».
Fuente: file:///C:/Users/Usuario/Downloads/SOCIEDAD%20DEL%20CONOCIMIENTO%20Competencias%20de-pablos-es.pdf
Fuente: file:///C:/Users/Usuario/Downloads/SOCIEDAD%20DEL%20CONOCIMIENTO%20Competencias%20de-pablos-es.pdf


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